domingo, 1 de mayo de 2011
Faros
Quizás el faro nació de la angustia de la mujer, de la ansiedad inevitable que la invade cuando cae la tarde y el sol se acerca al ocaso, mientras los niños permanecen en la orilla del mar y esperan el retorno de alguna rudimentaria balsa impulsada sobre las olas por hombres temerarios, retenida por los vientos, por la corriente, por la marea, por la mano de un dios hostil. Alguien dice: encendamos un fuego y hagámoslo bien grande, por todo lo alto posible sobre el acantilado para que vean por donde pueden volver. Después de la improvisación ante el drama se pasó a la creación estable, y aquella hoguera tuvo una continuidad decidida, eligiendo su ubicación a fin de que resultase todo lo eficaz posible, y tuvo un alimentador, un guardián, que quizás adquiriese una especie de prestigio sagrado y sacerdotal en los tiempos en los que la llama participaba de una naturaleza divina. Más tarde, cuando las ciudades fueron a establecerse cerca de los mares y los océanos, se construyeron instalaciones marítimas seguras llamadas puertos, y fue cuando los faros se levantaron y se ampliaron, convirtiéndose en inmensas torres a las que se elevaban cada día kilos de leña a base de poleas, como la que atraía a los navíos hacia la egipcia Alejandría desde la isla que dio nombre a los faros, la isla de Faros; también adoptaron la forma de artística apariencia antropomórfica, como el Coloso que en Rodas hacía pasar los barcos bajo sus piernas, o la Estatua de la Libertad que saluda a los barcos que entran en Nueva York. Pero el verdadero faro, el faro de la historia y de las leyendas, el de las películas y de las novelas, no es un fornido iluminador de puertos, no es una farola urbana de exagerada altura; es un pequeño, sutil y grácil faro aislado entre golpes de mar en medio de una costa y accidentada y rumorosa, perdido en el fin del mundo, separado de la costa y accesible sólo en barca, visitado únicamente por las gaviotas y habitado por un viejo marinero jubilado, provisto de una cantina, una biblioteca, una radio y con correo una vez a la semana; un minarete en la costa en el que solamente los fieles de la soledad pueden vivir, celebrando el rito de encenderlo y apagarlo en nombre de la renuncia al mundo.
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